Carlos F Fàbregas
Desde hace tiempo quería escribir sobre este filósofo, desconocido para mí hasta hace dos años. No sé por qué en el colegio nunca lo mencionaron, ni tampoco cuando estudié dos cursos de filosofía en la UCA con el famoso jesuita vasco Anitua.
Por
eso escribo este artículo: para que más gente conozca a este gran personaje del
siglo XVII, que vivió en Holanda y sufrió persecución por su manera de pensar.
Lo más asombroso de él es que se mantuvo fiel a sus ideas aun en contra de
todos.
Baruch
Spinoza nació en una familia tradicional judía. Sus antepasados fueron
expulsados de España y Portugal; su abuelo paterno, Isaac de Espinoza, llegó a
Rotterdam hacia 1600, y su padre Miguel, nacido en Portugal, se estableció en
Ámsterdam hacia 1620 como comerciante. Era una familia profundamente religiosa
que mantenía las tradiciones de su época.
Miguel
se casó con Hanna Débora Senior, con quien tuvo cinco hijos, entre ellos
Baruch, que nació el 24 de noviembre de 1632. A lo largo de su vida usó tres
nombres: Baruch en hebreo, Bento en portugués y Benedictus en latín —el que
reservó para sus escritos académicos y cartas.
Baruch
recibió una educación judía tradicional en la escuela Talmud Torá de Ámsterdam,
donde estudió la Torá, el Talmud y otros textos sagrados. Sin embargo, su
inquietud intelectual fue más lejos: a los 17 años interrumpió sus estudios
para trabajar en el negocio familiar de importaciones. Aun así, continuó
formándose con Franciscus Van den Enden, un exjesuita que le enseñó latín,
ciencias y filosofía cartesiana.
Su
formación era impresionante. Hijo de judíos sefardíes criado en Ámsterdam, se
convirtió en un políglota natural: dominaba el hebreo, latín, español y
portugués, neerlandés, francés y algo de griego.
La
filosofía de René Descartes —con su método de la duda sistemática y su célebre "pienso,
luego existo"— marcó a Baruch desde joven. Admiró su rigor
metodológico, aunque con el tiempo criticó su dualismo mente-cuerpo.
Fue
educado para ser rabino en la escuela Keter Torá. Sin embargo, el 27 de julio
de 1656, a los 23 años, la comunidad judía sefardí de Ámsterdam le impuso una
de las excomuniones (cherem) más severas de las que se tiene registro
por sus ideas. Desde entonces dejó su nombre hebreo y adoptó definitivamente el
latín: Benedictus.
Expulsado
de su comunidad, se ganó la vida puliendo lentes —un oficio que le permitía
vivir con austeridad y seguir escribiendo. Murió en 1677 a los 44 años.
Entre
sus obras principales se encuentra el Tratado teológico-político (Tractatus
Theologico-Politicus, 1670), que destaca como una de las producciones más
audaces y polémicas de la filosofía moderna. Spinoza decidió publicarlo de
manera anónima debido a su contenido controvertido, y casi de inmediato la obra
fue condenada y prohibida.
El
propósito central del Tratado teológico-político es defender la libertad de
pensamiento y de expresión ante la autoridad religiosa y política. En este
texto, Spinoza aborda temas como la crítica bíblica y la relación entre la
religión y el Estado, desafiando las concepciones tradicionales y abriendo
camino a una reflexión más libre y racional.
La
Ética demostrada según el orden geométrico, su segundo libro, y considerado su
obra maestra, es La Ética demostrada según el orden geométrico (Ethica
ordine geometrico demonstrata, 1677). Esta obra representa una de las cimas
de la filosofía occidental y fue escrita en secreto durante varios años, pues
Spinoza sabía que su publicación podía llevarlo a prisión.
La
Ética está estructurada en cinco libros, iniciando con definiciones, axiomas,
proposiciones o teoremas, demostraciones del teorema y corolarios. Spinoza
buscó presentar la filosofía de una manera objetiva y exenta de recursos a la
imaginación, siguiendo el modelo de los Elementos de Euclides.
EL DIOS DE
SPINOZA
La
idea de Dios es el núcleo de su filosofía. Para Spinoza, Dios es la única
sustancia que existe: infinita, eterna e idéntica al universo entero. La llamó "Deus
sive Natura", Dios o Naturaleza. No hay dos realidades: solo una.
Con
esto rompió con la imagen tradicional del Dios del cristianismo y el judaísmo
—un ser que piensa decide, crea el mundo desde fuera e interviene con milagros.
El Dios de Spinoza no está fuera del mundo: es su causa interna, la expresión
de su propia esencia.
Dios
posee infinitos atributos, cada uno expresando la esencia divina de un modo
distinto. Los seres humanos solo percibimos dos: el pensamiento (las ideas) y
la extensión (el cuerpo).
Dios
no tiene voluntad, emociones ni propósitos. No ama, no odia, no castiga, no
premia. Todo lo que sucede ocurre por necesidad de la naturaleza, no por
decisiones voluntarias, y todo tiene una explicación.
Para
Spinoza, conocer a Dios es entender las leyes de la naturaleza y aceptar la
realidad tal como es. Ese conocimiento produce la Beatitud: la alegría más alta
que un ser humano puede alcanzar.
No
es un amor emocional. Es la alegría que nace de comprender que somos parte de
la naturaleza divina, de aceptar racionalmente la necesidad del universo y de
encontrar la libertad interior en esa comprensión. Una forma de misticismo
racional.
Su frase más
célebre lo resume: “La beatitud no es el premio de la virtud, sino la virtud
misma” Es el amor intelectual a Dios, el Amor Dei Intellectualis.
SPINOZA
LECTOR DE LA BIBLIA
Para
Spinoza, el Antiguo y el Nuevo Testamento no fueron escritos por inspiración
sobrenatural, sino por seres humanos condicionados por su época, su cultura y
sus intereses políticos. La Biblia es el producto de la imaginación de los
profetas, de las necesidades políticas de Israel y de la evolución histórica
del pueblo judío.
Los
profetas tenían una imaginación enorme, pero no un conocimiento racional
profundo. Por eso sus mensajes son morales y prácticos, no metafísicos.
Spinoza
admiraba a Jesús como el mayor maestro moral de la humanidad, encarnación del
amor universal. Pero rechazaba su divinidad literal —algo que escandalizó tanto
a judíos como a cristianos.
El
mensaje del Nuevo Testamento, para él, era esencialmente ético: amor al
prójimo, libertad interior y moral basada en la razón, sin los dogmas ni las
leyes creadas para controlar a los creyentes.
En
síntesis: la Biblia es una obra humana, no divina. Un texto histórico que debe
estudiarse críticamente y que porta enseñanzas morales valiosas, pero no
verdades metafísicas.
Fue
precisamente su dominio del hebreo y los textos judíos lo que le permitió
desmantelar la interpretación literal de la Biblia. Argumentaba que, para
entenderla, primero había que entender la historia del idioma hebreo y el
contexto histórico de sus autores. En ese sentido, fue el padre de la crítica
bíblica moderna: trató a la Biblia como un libro histórico escrito por humanos
para humanos, no como un dictado divino.
Rechazado
en vida, con el tiempo su influencia fue inmensa. Hegel, Marx, Nietzsche, Freud
y Einstein lo admiraron profundamente. Cuando le preguntaban a Einstein si
creía en Dios, respondía: “Creo en el Dios de Spinoza” El filósofo
Gilles Deleuze lo llamó “el príncipe de los filósofos”. Hoy es visto como un
pensador adelantado a su tiempo, y su influencia se extiende desde la filosofía
política y la ética hasta la neurociencia y la física moderna.
Baruch
Spinoza —Bento, Benedictus, Benito, según la lengua que lo nombre— fue mucho
más que un filósofo excomulgado y marginado. Desde la soledad de su taller de
lentes, construyó uno de los sistemas filosóficos más coherentes y audaces de
la historia occidental. Su vida fue expresión de su filosofía: vivió con
austeridad, rechazó privilegios, defendió la tolerancia y nunca cedió ante la
presión de aparentar lo que no creía.
La
historia le dio la razón. Y nos dejó una enseñanza que sigue vigente: el
pensamiento verdadero exige valentía, la libertad nace del conocimiento, y el
mayor bien al que puede aspirar el ser humano es —como él mismo escribió— el
amor intelectual de Dios: la comprensión amorosa y racional de todo cuanto
existe.
La
filosofía de Spinoza representa una ruptura profunda con los dogmas y creencias
que tradicionalmente han sido inculcados por las religiones. Cuestiones como el
infierno, el cielo, el temor a Dios o la culpa constante por no cumplir
estrictamente con preceptos establecidos como normas sociales y religiosas, son
desmanteladas en su pensamiento. Spinoza muestra cómo estos elementos han
servido más para encadenar la libertad individual, sometiéndonos a miedos
infundados y limitando nuestra capacidad de actuar conforme a nuestra
naturaleza más auténtica.
En
contraste con ese sometimiento, Benedictus propone un camino alternativo, libre
de tapujos y engaños, que invita a abrir la conciencia al conocimiento y al
entendimiento racional de la realidad. Esta actitud permite una mayor
comprensión tanto del comportamiento humano como de la naturaleza,
impulsándonos a ver el mundo y a nosotros mismos como parte de un todo natural,
sin recurrir a explicaciones sobrenaturales ni aceptar pasivamente las cadenas
de la tradición. Spinoza enseña que solo mediante el conocimiento y la
reflexión crítica logramos una visión genuina y liberadora de aquello que nos
rodea.
Muchas
veces, los seres humanos estamos más preocupados por cómo nos perciben los
demás o por lo que puedan pensar de nosotros. Esta inquietud constante nos
lleva a actuar y a relacionarnos desde el temor o el deseo de aprobación, en
lugar de desde la autenticidad y la comprensión.
Al
interactuar con otras personas, rara vez nos detenemos a ponernos en el lugar
del otro, a intentar ver el mundo desde sus zapatos. Sin embargo, este
ejercicio de empatía resulta fundamental para lograr una comprensión más
profunda de nuestro entorno y de quienes nos rodean.
Si
nos esforzáramos más en comprender las experiencias, motivaciones y
circunstancias ajenas, estaríamos mucho más libres de aceptar la realidad tal
como es, sin juzgar ni rechazar por prejuicios o inseguridades. Abrirse a lo diferente y desarrollar una conciencia más
profunda nos conduce hacia una verdadera libertad interior. Según Spinoza, solo
cuando adquirimos conocimiento, cultivamos la reflexión crítica y practicamos
la empatía logramos deshacernos del miedo, la culpa o la influencia de las
opiniones externas, alcanzando así una vida más genuina y plena.

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