Carlos F Fàbregas
MONASTERIO Y PLAZA OCTAVIANO
El Monasterio de Sant Cugat del
Vallès se encuentra en el pueblo del mismo nombre, en la región de Cataluña,
provincia de Barcelona, España. Es famoso por su impresionante claustro
románico construido por la orden benedictina. Contiene elementos prerrománicos,
góticos y renacentistas, y su construcción data de los siglos IX al XIV.
En la iglesia encontramos la
clásica planta basilical de tres naves y tres ábsides que se asientan sobre los
restos de un castrum romano.
Los romanos llegaron a Cataluña
en el año 218 a.C. y se quedaron hasta el siglo III d.C. Su expansión se plasma
en las ciudades construidas por ellos, como Barcino (Barcelona) y Tarraco
(Tarragona). El área donde se encuentra el Monasterio de Sant Cugat estaba
cerca de una de las vías romanas más importantes: la Vía Augusta. Esta iniciaba
en Roma y pasaba por Gerunda (Gerona), Barcino (Barcelona) y Tarraco
(Tarragona) hacia el sur de la península, bordeando el mar Mediterráneo hasta
Cádiz.
La Vía Augusta pasaba cerca de
Sant Cugat por una vía secundaria que unía Egara (Tarrasa) con Barcino
(Barcelona), pasando por el macizo o sierra de Collserola, un área montañosa
que forma parte de la cordillera litoral y separa la planicie de la ciudad de
Barcelona de la depresión del Vallès. En esta vía, entre Barcino y Egara, se
construyó una fortaleza romana conocida como Castrum Octavianum.
Al parecer, el nombre Octavianum
u Octavianus proviene, según los historiadores, de un tal Rufinus
Octavianus, Comes de la Diócesis de Hispania. El Comes fue un
cargo militar usado por los romanos en el siglo V que representaba la
designación de una persona que comandaba un grupo del ejército de campo. Este Castrum
tenía el rol de punto estratégico de control de paso y servía como centro de
protección militar para las villas o colonias agrícolas que se encontraban en
la zona.
El nombre del pueblo y del
monasterio se debe a San Cucufato (Sant Cugat), misionero de la Iglesia de
Cartago (Túnez) que llegó a Barcelona a finales del siglo III para proclamar la
buena nueva del evangelio junto con San Félix. Sant Cugat desarrolló su labor
evangélica en Barcelona y alrededores, y falleció torturado, martirizado y
decapitado en el año 303 d.C. en la fortaleza romana Castrum Octavianum.
Con el paso del tiempo, estos hechos convirtieron este lugar en un sitio de
culto y veneración cristiana.
Se cree que el Monasterio de Sant
Cugat fue construido aproximadamente en el siglo VIII por Carlomagno o su hijo
Ludovico Pío en honor a Sant Cugat y a las santas Juliana y Semproniana. El
propio Carlomagno puso un abad con doce monjes de la orden benedictina (San
Benito) y dotó al monasterio de muchas tierras y posesiones, incluyendo sitios,
castillos e iglesias. Esto ocurrió en el año 785, después de una batalla en la
que el emperador tomó a los moros el Castillo de Octaviano y colocó el
monasterio que allí fundó bajo la invocación de San Cucufato, por haber sido el
primer mártir en aquel lugar.
El Monasterio siguió funcionando
hasta el siglo XIX bajo la misma orden benedictina, hasta la expulsión de los
monjes en 1835. Nuestro artículo trata sobre esta expulsión, además del
incendio y la destrucción de sus archivos. Para entender el contexto de la
época, haremos un poco de historia de España.
REINADO DE FERNANDO VII
(1784-1833)
Entre 1808 y 1814 se desarrolló
la Guerra de Independencia contra Francia. Una vez terminada la guerra,
Fernando VII regresó a España. Su reinado estuvo marcado por el mantenimiento
del antiguo régimen y la represión contra todo movimiento liberal. De 1814 a
1820 se restauró la monarquía absoluta, lo que agravó los problemas financieros
del país, aumentando el endeudamiento y la escasez de recursos. Durante este
mismo periodo se dieron todos los movimientos de independencia en la América
española.
Fernando VII sufría de macrosomía
genital; es decir, las dimensiones de su pene eran superiores a la media. Este
problema tuvo sus consecuencias, ya que sus tres primeras esposas no pudieron
darle descendencia debido a lo complicado de las relaciones con él. No fue
hasta que contrajo matrimonio por cuarta vez, con su sobrina María Cristina de
Borbón-Dos Sicilias, que pudo tener descendencia. Por esa razón, hizo pública
la Pragmática Sanción de 1789 para asegurarse de que, si tenía descendencia,
aunque esta fuera niña, le sucedería.
En octubre de 1830 nació una
niña, Isabel, que sería la futura reina de España, Isabel II. Por lo tanto, el
hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro, el heredero hasta entonces, quedó
fuera de la sucesión al trono para gran consternación de sus partidarios ultra
absolutistas.
Fernando VII murió en septiembre
de 1833 y se iniciaron levantamientos armados a favor de Carlos María Isidro de
Borbón, argumentando que Fernando VII no había dejado un heredero varón.
Comenzaba así una guerra civil que duró siete años y que enfrentó a los
partidarios de la niña reina Isabel II con los que apoyaban a su tío Carlos
María Isidro. Estas fueron llamadas las Guerras Carlistas y tuvieron lugar en
España entre 1833 y 1876 (principalmente la primera guerra, 1833-1840).
Los bandos estaban divididos
entre el carlismo, que defendía el absolutismo, y los liberales, liderados por
la reina regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II. En la regencia
de María Cristina se recrudecen las leyes de la desamortización de los bienes
eclesiásticos por un tema principalmente económico, pero también político: la
Iglesia apoyaba a los carlistas. La desamortización fue una de las armas
políticas con la que los liberales modificaron el sistema de la propiedad del
Antiguo Régimen para implantar el nuevo Estado liberal durante la primera mitad
del siglo XIX.
LA DESAMORTIZACIÓN Y EL
IMPACTO EN EL MONASTERIO DE SANT CUGAT
El proceso de desamortización
consistía en la incautación y venta de los llamados "bienes de manos
muertas", es decir, aquellos que pertenecían a instituciones
eclesiásticas, lo que afectó enormemente a la vida de la diócesis de Barcelona,
especialmente a la de sus monasterios y conventos.
Esto provocó que cientos de miles
de fincas rústicas y urbanas, así como rentas procedentes de instituciones
primordialmente eclesiásticas, pasaran a manos privadas, contribuyendo de una
manera muy notable a la gran transformación económica y social que experimentó
España y también la diócesis de Barcelona. Muchas de las instituciones
eclesiásticas desaparecieron y el Monasterio de Sant Cugat no fue una
excepción.
La desamortización de 1835,
efectuada por Mendizábal en plena guerra carlista, si bien arrebató a la
Iglesia parte de sus tierras, sirvió a fin de cuentas para aumentar aún más el
número de los grandes terratenientes, ya que fue un pequeño grupo de gente
adinerada el que adquirió las propiedades eclesiásticas.
EL CIERRE DEL MONASTERIO Y LA
EXPULSIÓN DE LOS MONJES
El viernes 24 de julio de 1835 se
encontraban en el monasterio catorce monjes. Llegaron noticias de que en
Barcelona y otras localidades cercanas se habían quemado conventos y asesinado
a muchos religiosos. El monje Felipe de Alemany quedó aterrado por la noticia
cuando fue informado por diversas personas del pueblo.
Además, cuando ya todos los
monjes estaban informados de lo que estaba ocurriendo y gran parte de ellos
había abandonado el monasterio, llegó de madrugada un muchacho de unos catorce
años, hijo del panadero de Rubí, Antón Plans. Una vez reconocido, lo llevaron
al interior del monasterio y expresó que llevaba cosida en el forro de la ropa
una carta muy importante de su padre. En dicha carta, el señor Antón informaba
al abad que en Rubí se reclutaba gente para quemar el Monasterio de Sant Cugat.
Despidieron al muchacho rápidamente y le expresaron su agradecimiento a su
padre.
Al día siguiente, como si nada
pasara, los monjes tocaron las campanas avisando de la misa. A ella asistieron
diez monjes. A pesar de que ya estaban enterados de lo que se preparaba para
esa noche, Alemany celebró la misa. Terminada esta, decidió abandonar el
monasterio. En ese momento, la mayoría de los monjes ya lo habían hecho.
El monje Alemany escribió que
salió del monasterio rumbo a Barcelona por el camino de Sant Medir, el cual
conocía perfectamente. Como a las tres y media, llegando a la Torre Negra, que
era propiedad del monasterio, el parcero lo recibió muy cordialmente. Descansó
en su casa esa noche. Allí se encontró con el panadero del monasterio y otra
persona. A la mañana siguiente, cuando salió el sol, partieron para buscar un
sitio seguro en el bosque y no comprometer al parcero.
Estando en el bosque, como a las
once de la noche, oyeron muchos disparos de fusil y vieron un gran resplandor.
Se subieron a una loma y observaron el monasterio en llamas. El monasterio
había sido incendiado en la zona de los dormitorios de los monjes y asaltado
por una muchedumbre; todo esto lo contaron el parcero y su hijo al monje
Alemany al día siguiente, pero dijeron que no había muerto ningún monje.
Los monjes lograron huir durante
el día 26, cada uno por su lado. Solamente había quedado el monje Antonio
Fluvià, dado que estaba tullido, pero antes del incendio fue colocado en una
silla y llevado a una casa del pueblo. Otros dos monjes se escondieron en una
casa del pueblo después del incendio.
DAÑOS EN EL MONASTERIO
En cuanto a los daños que sufrió
el monasterio, según lo que he encontrado en mi investigación, entre el 26 y 27
de julio, gentes del pueblo y de localidades vecinas rompieron a tiros los
candados de las puertas y empezó el saqueo de los bienes de los monjes. Nada
quedó de cuanto los monjes tenían para su particular uso; todo el mobiliario,
algún dinero, ropa, libros y papeles quedaron desparramados por el suelo.
Entraron en los claustros y en la
sala capitular robando todo lo que pudieron: sillas, mesas, cuadros. Entraron
en la librería y el archivo revolviéndolo todo en busca de cosas de valor;
otros buscaban archivos de protocolos en los que constaban las escrituras,
consign1ados sus censos o censales, destruyéndolos para que no
constaran sus respectivas obligaciones.
Años después, gente del pueblo
comentaba: “no se podía andar de tanto papel, libros, protocolos, legajos y
toda clase de documentos esparcidos por el suelo”. “Era un mar de papel;
cuántas antigüedades se perderían, preciosos documentos que tal vez servirían
para envolver una libra de arroz, o dos onzas de tocino”.
En concreto, las viviendas
monacales fueron incendiadas y arrasadas, y los restos de construcción que
quedaron fueron robados. Sin embargo, el monasterio, la iglesia y la abadía
fueron respetados, aunque quedaron en muy mal estado. El lugar se convirtió por
años en un sitio de abastecimiento de materiales de construcción; cuando
alguien en el pueblo requería algo (puertas, hierro, tablas), iba al monasterio
a buscarlo y las autoridades en aquel tiempo no hacían nada para detenerlo.
LA IGLESIA DEL MONASTERIO Y LA
DE DALT
La iglesia del Monasterio, tras
los eventos de 1835, quedó como parroquia del pueblo, porque la parroquia
anterior, llamada “la iglesia de dalt”, esta7ba convertida en
fortaleza. Esta iglesia se llamaba Sant Pere d’Octavià. Fue la antigua iglesia
parroquial de Sant Cugat, situada en el solar que ocupa hoy la plaza del
mercado. La Iglesia de Sant Pere fue construida en 998 y se llamó Sant Pere del
Cenobio (y desde el 1047, Sant Pere d’Octavià).
La plaza de Sant Pere, donde hoy
se erige el Mercado Viejo, fue el auténtico centro de Sant Cugat, contando con
la iglesia de Sant Pere de Octaviano y un mercado semanal desde el siglo XII. A
finales del siglo XIX, el Ayuntamiento compró los terrenos para construir el
primer mercado cubierto y en 1911 se inauguraba el actual edificio que hoy se
conoce.
Entre 1844 y 1846 el Estado sacó
a subasta pública el monasterio y la iglesia, pero, gracias a dos hijos
ilustres del pueblo que se movieron rápidamente, lograron revertir la subasta y
fueron cedidos al Ayuntamiento: el agua de la mina del monasterio, la iglesia
del monasterio y la casa parroquial u oficinas rectorales.
El Monasterio fue objeto de una
presión generalizada por parte del pueblo a finales del siglo XIX debido a su
mal estado. En 1902 se estableció una Junta Restauradora del templo del
Monasterio y se logró financiar la restauración de la iglesia. En 1931 el
Monasterio fue declarado Monumento Nacional y la Generalitat de Cataluña
emprendió nuevas intervenciones en el Claustro, continuando con el despliegue
de campañas de intervención arquitectónica y arqueológica en el monumento.
En la actualidad, el Ayuntamiento
tiene un Museo en el Claustro, dándole un gran valor.
Bibliografía:
- LOS 79 ABADES DE SANT CUGAT DEL VALLES, Jose
M. Martí Bonet, diciembre 2019.
- MONOGRAFIA HISTÓRICH-DESCRIPTIVA DE SANT CUGAT
DEL VALLES, Joseph de Peray, agosto 1908.
- LOS RELIGIOSOS EN CATALUÑA DURANTE LA PRIMERA
MITAD DEL SIGLO XIX, Dr. C. Barraquer, vol. III, págs. 85-123, 1915.

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